lunes, 28 de marzo de 2011

Conversación en La Catedral


Conversación en La Catedral”


Mario Vargas Llosa


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Desde la puerta de La Crónica Santiago mira la avenida Tacna, sin amor: automóviles, edificios desiguales y descoloridos, esqueletos de avisos luminosos flotando en la neblina, el mediodía gris. ¿En qué momento se había jodido Perú? Los canillistas merodean entre los vehículos detenidos por el semáforo de Wilson voceando los diarios de la tarde y él echa a andar, despacio, hacia La Colmena. Las manos en los bolsillos, cabizbajo, va escoltado por transeúntes que avanzan, también, hacia la plaza San Martín. Él era como el Perú, Zavalita, se había jodido en algún momento. Piensa: ¿en cuál? Frente al Hotel Crillón un perro viene a lamerle los pies: no vayas a estar rabioso, fuera de aquí. El Perú jodido, piensa, Carlitos jodido, todos jodidos. Piensa: no hay solución.

Nudo

El domingo Amalia se demoró una hora arreglándose y hasta Símula, siempre tan cerca, le bromeó caramba, que preparativos para la salida. Ambrosio estaba ya en el paradero cuando ella llegó y le apretó la mano tan fuerte que Amalia dio un gritito. Él se reía, contento, terno azul, una camisa tan blanca como sus dientes, una corbatita de motas rojas y blancas: siempre lo tenías saltón, Amalia, ahora también había estado dudando si me dejarías plantado. El tranvía vino semivacío y, antes de que ella se sentara, Ambrosio sacó su pañuelo y sacudió el asiento. La ventana para la reina, dijo, doblándose en dos.

Desenlace

Todo igualito pero más chiquito, todo igualito pero más chato, sólo la gente distinta: se había arrepentido de haber ido, niño, se había regresado esa noche jurando no volveré. Ya se sentía bastante jodido aquí, niño, allá ese día además de jodido se había sentido viejísimo. ¿Y cuando se acabara la rabia se acabaría su trabajo en la perrera, Ambrosio? Sí, niño. ¿Y qué haría? Lo que había estado haciendo antes de que el administrador lo hiciera llamar con el Pancras y le dijera okey, échanos una mano por unos días aunque sea sin papeles. Trabajaría aquí, allá, a lo mejor dentro de un tiempo había otra epidemia de rabia y lo llamarían de nuevo, y después aquí, allá, y después, bueno, después ya se moriría ¿no, niño?

(Editorial Punto de Lectura)

sábado, 15 de enero de 2011

El libro negro

El libro negro”


Orhan Pamuk


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Rüya dormía boca abajo en la dulce y templada oscuridad cubierta por los altozanos, los valles sombríos y las suaves colinas azules del edredón de cuadros azules que se extendía desde la cabecera hasta los pies de la cama. Desde el exterior llegaban los primeros sonidos de la mañana invernal: coches y viejos autobuses que pasaban de vez en cuando, el ruido de las vasijas de cobre del vendedor de salep, que colaboraba con el vendedor de bollos, cuando las dejaba en la acera, y el silbato del jefe de la parada de taxis colectivos. En la habitación había una plomiza luz invernal filtrada por las cortinas azul marino.

Galip, entontecido por el sueño, miro la cabeza de su mujer, que se extendía fuera del edredón azul: la barbilla de Rüya estaba hundida en la almohada de plumas. En la curva de su frente había algo sobrenatural que provocaba que uno se preguntara con temor por las cosas maravillosas que en ese momento pudieran estar ocurriendo en su mente. «La memoria —había escrito Celâl en una de sus columnas del periódico— es un jardín». «Los jardines de Rüya, los jardines de Rüya... —pensó Galip—, no pienses, no pienses, o sentirás celos». Pero Galip pensó mirando la frente de su esposa.



Nudo


Y así, sin sentir la necesidad de entrar en los cafés para leer las caras de la gente, caminó hacia Nişantaşı pasando por Harbiye. Mucho después, cuando creyó haber encontrado el lugar que buscaba, cuando intentó recordar la personalidad en la que se había envuelto a lo largo de todo aquel camino, se sentiría incapaz de emitir un juicio definitivo. «¡En ese momento aún no me había convencido por completo de que era Celâl!», pensaría entonces, entre los artículos viejos, los cuadernos y los recortes de prensa que iluminarían el pasado de éste. «En ese momento no me había dejado por completo atrás.» Observaba lo que veía como si fuera un viajero que se ve obligado a pasar medio día en una ciudad que no se le habría pasado por la imaginación visitar de no ser por el retraso que ha sufrido su vuelo: la estatua de Atartük indicaba que en el pasado del país había existido un importante militar, las multitudes en las luminosas aceras cubiertas de barro ante los cines indicaban que la gente que se aburría los domingos por la tarde se entretenía con sueños de otros países, los empleados de las tiendas de bocadillos y hojaldres, que miraban las aceras desde sus escaparates cuchillo en mano, indicaban que las ilusiones y los recuerdos dolorosos estaban convirtiéndose en cenizas; y los árboles desnudos y oscuros que había en medio de la avenida, y que se oscurecían aún más al anochecer, indicaban la tristeza nacional que se había desplomado sobre todos. «¡Dios mío! ¿Qué se puede hacer en esta ciudad, en esta calle a esta hora?», susurró Galip, pero sabía que aquel grito lo había tomado de un antiguo artículo de Celâl que había recortado y guardado.


Desenlace


Hoy lo que me queda de Rüya son sólo escritos; estas negras, negrísimas, sombrías páginas. A veces al recordar algunas de las historias que hay en ellas, por ejemplo el cuento del verdugo o de la noche nevosa en que oímos por primera vez por boca de Celâl el cuento titulado «Rüya y Galip», me acuerdo de otra, aquélla según la cual la única manera en que alguien puede ser él mismo es siendo otro o perdiéndose en las historias de otro, y estas historias que he querido reunir en un libro negro me llevan a un tercer y a un cuarto cuentos, como ocurre con las puertas que se abren en nuestras historias de amor y en los jardines de nuestra memoria, y el relato del enamorado que se convierte en otro al perderse por las calles de Estambul me sugiere excitado el del hombre que buscaba el secreto y el significado perdido de su cara, y así me entrego con mayor afán a mi nuevo trabajo consistente en redactar de nuevo viejas, viejísimas historias y ya llego al final de mi libro negro. En este final Galip escribe el último artículo de Celâl, que tiene que llegar a tiempo de ser publicado en el periódico aunque lo cierto es ya a nadie le interesa demasiado. Luego, poco antes del amanecer, recuerda dolorosamente a Rüya, se levanta de la mesa y observa la oscuridad de la ciudad, que se está despertando. Recuerdo a Rüya, me levanto de la mesa y observo la oscuridad de la ciudad. Recordamos a Rüya y observamos la oscuridad de Estambul y a media noche nos invade la pena y la excitación que me invade cuando, medio dormido, creo encontrar el rastro de Rüya sobre el edredón de cuadros azules. Porque nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo.


1985-1989


(Editorial Nomos S.A., 2006)


domingo, 19 de diciembre de 2010

El hostigante verano de los dioses

El hostigante verano de los dioses”


Fanny Buitrago


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Estoy de paso. Sé que la ciudad fue construida en la ribera oeste del río, a un kilometro de la orilla, en los terrenos de la parte alta. La decisión provocó un escandalo, con visos de rebelión entre lo colonos, porque las márgenes del este acusaban gran fertilidad, en tanto que en el oeste las piedras y la cizaña lo poblaban todo. Una estricta orden fue impartida por el clero y los gobernantes; la leyenda dice: levantaron una ciudad en un lugar inhóspito, siendo tan grande el desconcierto general, que no se tuvo tiempo de amar o maldecir sus cimientos.


Nudo


Pero volvamos al origen, volvamos a Carlos Wieder y al año de gracia de 1974.

Por entonces Wieder estaba en la cresta de la ola. Después de sus triunfos en la Antártida y en los cielos de tantas ciudades chilenas lo llamaron para que hiciera algo sonado en la capital, algo espectacular que demostrara al mundo que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos.

Wieder acudió encantado. En Santiago se alojó en Providencia, en el departamento de un compañero de promoción, y mientras por el día iba a entrenarse al aeródromo Capitán Lindstorm y hacía vida social en clubs militares o visitaba las casas de los padres de sus amigos en donde conocía (o le hacían conocer, en esto siempre había algo forzado) a las hermanas, primas y amigas que quedaban maravilladas por su porte y por lo educado y aparentemente tímido que era, pero también por su frialdad, por la distancia que se adivinaba en sus ojos o como dijo la Pía Valle: como si detrás de sus ojos tuviera otro par de ojos, por la noche, liberado por fin, se dedicó a preparar por su cuenta, en el departamento, en las paredes del cuarto de huéspedes, una exposición de fotografías cuya inauguración hizo coincidir con su exhibición de poesía aérea.


Desenlace


Lo siento. Olvidé lo demás.


(Editorial La Oveja Negra Ltda.)



lunes, 12 de julio de 2010

Estrella distante

Estrella distante”


Roberto Bolaño


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La primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o tal vez en 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.

Entonces se hacía llamar Alberto Ruiz-Tagle y a veces iba al taller de poesía de Juan Stein, en Concepción, la llamada capital del sur. No puedo decir que lo conociera bien. Lo veía una vez a la semana, dos veces, cuando iba al taller. No hablaba demasiado. Yo sí. La mayoría de los que íbamos hablábamos mucho: no sólo de poesía, sino de política, de viajes (que por entonces ninguno imaginaba que iban a ser lo que después fueron), de pintura, de arquitectura, de fotografía, de revolución y lucha armada; la lucha armada que nos iba a traer una vida nueva y una nueva época, pero que para la mayoría de nosotros era como un sueño o, más apropiadamente, como la llave que nos abriría la puerta de los sueños, los únicos por los cuales merecía la pena vivir.


Nudo


Pero volvamos al origen, volvamos a Carlos Wieder y al año de gracia de 1974.

Por entonces Wieder estaba en la cresta de la ola. Después de sus triunfos en la Antártida y en los cielos de tantas ciudades chilenas lo llamaron para que hiciera algo sonado en la capital, algo espectacular que demostrara al mundo que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos.

Wieder acudió encantado. En Santiago se alojó en Providencia, en el departamento de un compañero de promoción, y mientras por el día iba a entrenarse al aeródromo Capitán Lindstorm y hacía vida social en clubs militares o visitaba las casas de los padres de sus amigos en donde conocía (o le hacían conocer, en esto siempre había algo forzado) a las hermanas, primas y amigas que quedaban maravilladas por su porte y por lo educado y aparentemente tímido que era, pero también por su frialdad, por la distancia que se adivinaba en sus ojos o como dijo la Pía Valle: como si detrás de sus ojos tuviera otro par de ojos, por la noche, liberado por fin, se dedicó a preparar por su cuenta, en el departamento, en las paredes del cuarto de huéspedes, una exposición de fotografías cuya inauguración hizo coincidir con su exhibición de poesía aérea.


Desenlace


Fuimos andando hasta mi casa. Allí abrió su maleta, extrajo un sobre y me lo alargó. En el sobre había trescientas mil pesetas. No necesito tanto dinero, dije después de contarlo. Es suyo, dijo Romero mientras guardaba la carpeta entre su ropa y después volvía a cerrar la maleta. Se lo ha ganado. Yo no he ganado nada, dije. Romero no contestó, entró a la cocina y puso agua a hervir. ¿Adónde va?, le pregunté. A París, dijo, tengo vuelo a las doce; esta noche quiero dormir en mi cama. Nos tomamos un último té y más tarde lo acompañé a la calle. Durante un rato estuvimos esperando a que pasara un taxi, de pie en el bordillo de la acera, sin saber que decirnos. Nunca me había ocurrido algo semejante, le confesé. No es cierto, dijo Romero muy suavemente, nos han ocurrido cosas peores, piénselo un poco. Puede ser, admití, pero este asunto ha sido particularmente espantoso. Espantoso, repitió Romero como si paladeara la palabra. Luego se rió por lo bajo, con una risa de conejo, y dijo claro, cómo no iba a ser espantoso. Yo no tenía ganas de reírme, pero también me reí. Romero miraba el cielo, las luces de los edificios, las luces de los automóviles, los anuncios luminosos y parecía pequeño y cansado. Dentro de muy poco, supuse, cumpliría sesenta años. Yo ya había pasado los cuarenta. Un taxi se detuvo junto a nosotros. Cuídese, mi amigo, dijo finalmente y se marchó.


(Editorial Anagrama S.A., 1996)

sábado, 10 de julio de 2010

Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio”

Jane Austen



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Es una verdad reconocida por todo el mundo que un soltero dueño de una gran fortuna siente un día u otro la necesidad de una mujer.

Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre que se halla en esa situación sean poco conocidos a su llegada a un vecindario cualquiera, está tan arraigada tal creencia en las familias que lo rodean, que lo consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.


Nudo


¡Objeciones contra Jane!, se decía a sí misma. ¡Contra ella, que es todo amabilidad y ternura! Es inteligente, talentosa y educada, posee modales cautivadores.

Nada malo puede decirse de mi padre, quien, a pesar de sus rarezas, posee aptitudes que no desdeñaría el propio Darcy y una respetabilidad que éste acaso nunca alcance. Cuando pensó en su madre, su confianza vaciló un poco, pero no pudo conceder que ninguna objeción pudiera ser de peso para Darcy, cuyo orgullo -de ello estaba segura- se vería más profundamente herido, por la falta de categoría de los parientes de su amigo que por su carencia de sentido común, y quedó al din convencida de que había sido guiado en parte por la peor clase de orgullo y en parte, también, por su deseo de reservar a Bingley para su hermana.

La agitación y las lágrimas que tales reflexiones causaron en ella, le produjeron jaqueca, y aumentó tanto ésta por la tarde que, sumada a su resolución de no ver a Darcy, la indujo a no acompañar a sus primos a Rosings, donde estaban invitados a tomar el té. Mrs. Collins, al advertir que se encontraba verdaderamente indispuesta, no la instó a que fuera, e impidió que su marido lo hiciese ; pero Collins no pudo ocultar su temor de que Lady Catherine le disgustara el que se quedase en casa.


Desenlace


Lady Catherine se indignó mucho con el casamiento de su sobrino; y como abrió la puerta a su genuina franqueza al contestar la carta en que él le comunicaba su compromiso, usó un lenguaje tan extremado, en especial al referirse a Lizzy, que por un tiempo cesó toda relación. Pero al final, por influencia de Lizzy, se dejó persuadir de perdonar la ofensa y buscó una reconciliación; y tras algo más de resistencia por parte de su tía, el resentimiento de ésta cedió ya por afecto hacia él, ya por curiosidad de ver cómo se conducía su esposa, y así se dignó visitarlos en Pemberley, a despecho de la contaminación que sus bosques habían sufrido no solo con la presencia de semejante dueña, sino por la visita de sus tíos desde la capital.

Con los Gardiner siempre estuvieron unidos por lazos de íntima amistad. Tanto Darcy como Lizzy les profesaban cariño sincero. Ambos les estaban muy agradecidos, pues no olvidaban que habían sido quienes, al llevar a Lizzy al condado de Derby, habían facilitado su anhelado matrimonio.



(Random House Mondadori S.A., 1997)


martes, 20 de abril de 2010

La Marquesa de Yolombó

"La Marquesa de Yolombó"
Tomás Carrasquilla



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Es en los promedios del siglo XVII.

Entre las familias españolas establecidas en San Lorenzo de Yolombó, descuella en primera línea la de Don Pedro Caballero y Doña Rosalía Alzate. El es rubio y aragonés; ella, morena y andaluza; ambos apuestos y aventajados de figura, amables al par de imponentes en su trato. Don Pedro viene desde España nombrado, por compra que hizo del puesto, Regidor Mayor y Capitán a Guerra de esta villeja minera, que tanto promete. Pronto se hace notar por sus enérgicas actitudes, por su carácter ecuánime y francote, si no por sus aires e ínfulas de gran señor. No le va en zaga la esposa: es dama medio pulida, de mucho adobo y muchas galanuras; cantora, guitarrista, maestra de bailes y diversiones, hábil en labores caseras y, sobre todo esto, virtuosa y abnegada. Tanta cosa es la Sevillana que medio sabe leer y echar la firma. Desde su llegada se propone disipar las nostalgias, con todas las alegrías que su alma, cristiana y recursada, pueda extraer de estas montañas.



Nudo


Llega el momento en que la minera ha de conquistar a Doña Luz; y la señora prende la casa con el berrechín. Que gordura no era achaque; que todo eran embelecos de ese tal por cual de Vicente, para mandarla lejos y quedarse él negreando con toda comodidad, si no para salir de ella y casarse con muchacha bonita, como había hecho su taita. Que en ese camino, tan largo, iban a comérsela el sol y el sereno, la fatiga y la plaga, si no la picaba alguna serpiente; que ella no podía salir de su casa, porque tenía que comer siempre con arepa caliente, usar sus mismos trastos y tener a su negra Melchora, para que la ayudase en todo. Que de sólo pensar que puediera acostarse en cama extraña, se le revolvía el estómago; que ella no podía entenderse con gente forastera ni quería conocer ningún pueblo ni menos la tal Antioquia.


Desenlace


La Marquesa mira el cielo. Le parece tan lindo, tan nuevo aquel azul, con tanta nube blanca. Cierra los ojos con beatitud; y el sueño de los sueños la dobla, en los brazos del Señor.
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Por mucho tiempo, en las noches de luna, su sombra se perfila, franca y precisa, en cualquiera pared de esa plaza; aparece después un poco vaga; al fin, de ningún modo, porque las sombras de los muertos también mueren.


(Círculo de Lectores, 1984)

sábado, 17 de abril de 2010

Una primavera para Doménico Guarini

"Una primavera para Doménico Guarini"
Carme Riera



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Alimaña grotesca, mariposa-reptil, precipitada hacia las tinieblas, magnetizada por las sombras, oráculo de la oscuridad, celadora de ruinas crepusculares, esqueletos de tarde, cajas huecas de insomnio.

Crótalo dislocado, metálico gusano que de vuelta al vientre materno desliza la enorme cabeza, su ceño ciclópeo, en el más tenebroso de los úteros y avanza entre el vértigo de perfiles ojerosos, de paredes apuñaladas en la penumbra, mientras convoca y despide -no campana, sirena- el duelo.


Nudo


El tiempo parecía estancado. Guarini no llevaba reloj, acaso porque el latido de la delicada maquinaria le hacía tanto daño como escuchar sus propias palpitaciones en las noches de insomnio. Por otro lado, le traía sin cuidado que el tiempo pasase o dejara de pasar, ya que sólo adquiría valor cuando estuviera con ella.


Desenlace


Manos enguantadas en la transparencia de un tacto suave te palpan las ingles. Una hojita de afeitar, manejada con precaución, descubre el escondrijo del sexo. Con gesto mecánico, te atan las piernas con correas de piel, a horcajadas, como si fueran a torturarte en el potro. Después, un olor a manzanas podridas y una mascarilla sobre la boca. Los grifos gotean... Sientes cómo las horas crujen en tu vientre, se resquebraja la tarde en el refugio de tu sexo. "Siempre se tarda más la primera vez." La acometida es frenética, querrías oír el llanto pero sólo te llega un grito, tu propio grito aplastado contra los ladrillos de las paredes, contra el suelo y el techo...

El tren ha salido del túnel.


(Editorial Espasa Calpe S. A., 1999)