lunes, 28 de marzo de 2011
Conversación en La Catedral
sábado, 15 de enero de 2011
El libro negro
“El libro negro”
Orhan Pamuk
Inicio
Rüya dormía boca abajo en la dulce y templada oscuridad cubierta por los altozanos, los valles sombríos y las suaves colinas azules del edredón de cuadros azules que se extendía desde la cabecera hasta los pies de la cama. Desde el exterior llegaban los primeros sonidos de la mañana invernal: coches y viejos autobuses que pasaban de vez en cuando, el ruido de las vasijas de cobre del vendedor de salep, que colaboraba con el vendedor de bollos, cuando las dejaba en la acera, y el silbato del jefe de la parada de taxis colectivos. En la habitación había una plomiza luz invernal filtrada por las cortinas azul marino.
Galip, entontecido por el sueño, miro la cabeza de su mujer, que se extendía fuera del edredón azul: la barbilla de Rüya estaba hundida en la almohada de plumas. En la curva de su frente había algo sobrenatural que provocaba que uno se preguntara con temor por las cosas maravillosas que en ese momento pudieran estar ocurriendo en su mente. «La memoria —había escrito Celâl en una de sus columnas del periódico— es un jardín». «Los jardines de Rüya, los jardines de Rüya... —pensó Galip—, no pienses, no pienses, o sentirás celos». Pero Galip pensó mirando la frente de su esposa.
Nudo
Y así, sin sentir la necesidad de entrar en los cafés para leer las caras de la gente, caminó hacia Nişantaşı pasando por Harbiye. Mucho después, cuando creyó haber encontrado el lugar que buscaba, cuando intentó recordar la personalidad en la que se había envuelto a lo largo de todo aquel camino, se sentiría incapaz de emitir un juicio definitivo. «¡En ese momento aún no me había convencido por completo de que era Celâl!», pensaría entonces, entre los artículos viejos, los cuadernos y los recortes de prensa que iluminarían el pasado de éste. «En ese momento no me había dejado por completo atrás.» Observaba lo que veía como si fuera un viajero que se ve obligado a pasar medio día en una ciudad que no se le habría pasado por la imaginación visitar de no ser por el retraso que ha sufrido su vuelo: la estatua de Atartük indicaba que en el pasado del país había existido un importante militar, las multitudes en las luminosas aceras cubiertas de barro ante los cines indicaban que la gente que se aburría los domingos por la tarde se entretenía con sueños de otros países, los empleados de las tiendas de bocadillos y hojaldres, que miraban las aceras desde sus escaparates cuchillo en mano, indicaban que las ilusiones y los recuerdos dolorosos estaban convirtiéndose en cenizas; y los árboles desnudos y oscuros que había en medio de la avenida, y que se oscurecían aún más al anochecer, indicaban la tristeza nacional que se había desplomado sobre todos. «¡Dios mío! ¿Qué se puede hacer en esta ciudad, en esta calle a esta hora?», susurró Galip, pero sabía que aquel grito lo había tomado de un antiguo artículo de Celâl que había recortado y guardado.
Desenlace
Hoy lo que me queda de Rüya son sólo escritos; estas negras, negrísimas, sombrías páginas. A veces al recordar algunas de las historias que hay en ellas, por ejemplo el cuento del verdugo o de la noche nevosa en que oímos por primera vez por boca de Celâl el cuento titulado «Rüya y Galip», me acuerdo de otra, aquélla según la cual la única manera en que alguien puede ser él mismo es siendo otro o perdiéndose en las historias de otro, y estas historias que he querido reunir en un libro negro me llevan a un tercer y a un cuarto cuentos, como ocurre con las puertas que se abren en nuestras historias de amor y en los jardines de nuestra memoria, y el relato del enamorado que se convierte en otro al perderse por las calles de Estambul me sugiere excitado el del hombre que buscaba el secreto y el significado perdido de su cara, y así me entrego con mayor afán a mi nuevo trabajo consistente en redactar de nuevo viejas, viejísimas historias y ya llego al final de mi libro negro. En este final Galip escribe el último artículo de Celâl, que tiene que llegar a tiempo de ser publicado en el periódico aunque lo cierto es ya a nadie le interesa demasiado. Luego, poco antes del amanecer, recuerda dolorosamente a Rüya, se levanta de la mesa y observa la oscuridad de la ciudad, que se está despertando. Recuerdo a Rüya, me levanto de la mesa y observo la oscuridad de la ciudad. Recordamos a Rüya y observamos la oscuridad de Estambul y a media noche nos invade la pena y la excitación que me invade cuando, medio dormido, creo encontrar el rastro de Rüya sobre el edredón de cuadros azules. Porque nada puede ser tan sorprendente como la vida. Excepto la escritura. Excepto la escritura. Sí, por supuesto, excepto la escritura, el único consuelo.
1985-1989
(Editorial Nomos S.A., 2006)
domingo, 19 de diciembre de 2010
El hostigante verano de los dioses
“El hostigante verano de los dioses”
Fanny Buitrago
Inicio
Estoy de paso. Sé que la ciudad fue construida en la ribera oeste del río, a un kilometro de la orilla, en los terrenos de la parte alta. La decisión provocó un escandalo, con visos de rebelión entre lo colonos, porque las márgenes del este acusaban gran fertilidad, en tanto que en el oeste las piedras y la cizaña lo poblaban todo. Una estricta orden fue impartida por el clero y los gobernantes; la leyenda dice: levantaron una ciudad en un lugar inhóspito, siendo tan grande el desconcierto general, que no se tuvo tiempo de amar o maldecir sus cimientos.
Nudo
Pero volvamos al origen, volvamos a Carlos Wieder y al año de gracia de 1974.
Por entonces Wieder estaba en la cresta de la ola. Después de sus triunfos en la Antártida y en los cielos de tantas ciudades chilenas lo llamaron para que hiciera algo sonado en la capital, algo espectacular que demostrara al mundo que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos.
Wieder acudió encantado. En Santiago se alojó en Providencia, en el departamento de un compañero de promoción, y mientras por el día iba a entrenarse al aeródromo Capitán Lindstorm y hacía vida social en clubs militares o visitaba las casas de los padres de sus amigos en donde conocía (o le hacían conocer, en esto siempre había algo forzado) a las hermanas, primas y amigas que quedaban maravilladas por su porte y por lo educado y aparentemente tímido que era, pero también por su frialdad, por la distancia que se adivinaba en sus ojos o como dijo la Pía Valle: como si detrás de sus ojos tuviera otro par de ojos, por la noche, liberado por fin, se dedicó a preparar por su cuenta, en el departamento, en las paredes del cuarto de huéspedes, una exposición de fotografías cuya inauguración hizo coincidir con su exhibición de poesía aérea.
Desenlace
Lo siento. Olvidé lo demás.
(Editorial La Oveja Negra Ltda.)
lunes, 12 de julio de 2010
Estrella distante
“Estrella distante”
Roberto Bolaño
Inicio
La primera vez que vi a Carlos Wieder fue en 1971 o tal vez en 1972, cuando Salvador Allende era presidente de Chile.
Entonces se hacía llamar Alberto Ruiz-Tagle y a veces iba al taller de poesía de Juan Stein, en Concepción, la llamada capital del sur. No puedo decir que lo conociera bien. Lo veía una vez a la semana, dos veces, cuando iba al taller. No hablaba demasiado. Yo sí. La mayoría de los que íbamos hablábamos mucho: no sólo de poesía, sino de política, de viajes (que por entonces ninguno imaginaba que iban a ser lo que después fueron), de pintura, de arquitectura, de fotografía, de revolución y lucha armada; la lucha armada que nos iba a traer una vida nueva y una nueva época, pero que para la mayoría de nosotros era como un sueño o, más apropiadamente, como la llave que nos abriría la puerta de los sueños, los únicos por los cuales merecía la pena vivir.
Nudo
Pero volvamos al origen, volvamos a Carlos Wieder y al año de gracia de 1974.
Por entonces Wieder estaba en la cresta de la ola. Después de sus triunfos en la Antártida y en los cielos de tantas ciudades chilenas lo llamaron para que hiciera algo sonado en la capital, algo espectacular que demostrara al mundo que el nuevo régimen y el arte de vanguardia no estaban, ni mucho menos, reñidos.
Wieder acudió encantado. En Santiago se alojó en Providencia, en el departamento de un compañero de promoción, y mientras por el día iba a entrenarse al aeródromo Capitán Lindstorm y hacía vida social en clubs militares o visitaba las casas de los padres de sus amigos en donde conocía (o le hacían conocer, en esto siempre había algo forzado) a las hermanas, primas y amigas que quedaban maravilladas por su porte y por lo educado y aparentemente tímido que era, pero también por su frialdad, por la distancia que se adivinaba en sus ojos o como dijo la Pía Valle: como si detrás de sus ojos tuviera otro par de ojos, por la noche, liberado por fin, se dedicó a preparar por su cuenta, en el departamento, en las paredes del cuarto de huéspedes, una exposición de fotografías cuya inauguración hizo coincidir con su exhibición de poesía aérea.
Desenlace
Fuimos andando hasta mi casa. Allí abrió su maleta, extrajo un sobre y me lo alargó. En el sobre había trescientas mil pesetas. No necesito tanto dinero, dije después de contarlo. Es suyo, dijo Romero mientras guardaba la carpeta entre su ropa y después volvía a cerrar la maleta. Se lo ha ganado. Yo no he ganado nada, dije. Romero no contestó, entró a la cocina y puso agua a hervir. ¿Adónde va?, le pregunté. A París, dijo, tengo vuelo a las doce; esta noche quiero dormir en mi cama. Nos tomamos un último té y más tarde lo acompañé a la calle. Durante un rato estuvimos esperando a que pasara un taxi, de pie en el bordillo de la acera, sin saber que decirnos. Nunca me había ocurrido algo semejante, le confesé. No es cierto, dijo Romero muy suavemente, nos han ocurrido cosas peores, piénselo un poco. Puede ser, admití, pero este asunto ha sido particularmente espantoso. Espantoso, repitió Romero como si paladeara la palabra. Luego se rió por lo bajo, con una risa de conejo, y dijo claro, cómo no iba a ser espantoso. Yo no tenía ganas de reírme, pero también me reí. Romero miraba el cielo, las luces de los edificios, las luces de los automóviles, los anuncios luminosos y parecía pequeño y cansado. Dentro de muy poco, supuse, cumpliría sesenta años. Yo ya había pasado los cuarenta. Un taxi se detuvo junto a nosotros. Cuídese, mi amigo, dijo finalmente y se marchó.
(Editorial Anagrama S.A., 1996)
sábado, 10 de julio de 2010
Orgullo y prejuicio
“Orgullo y prejuicio”
Jane Austen
Inicio
Es una verdad reconocida por todo el mundo que un soltero dueño de una gran fortuna siente un día u otro la necesidad de una mujer.
Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre que se halla en esa situación sean poco conocidos a su llegada a un vecindario cualquiera, está tan arraigada tal creencia en las familias que lo rodean, que lo consideran propiedad legítima de una u otra de sus hijas.
Nudo
¡Objeciones contra Jane!, se decía a sí misma. ¡Contra ella, que es todo amabilidad y ternura! Es inteligente, talentosa y educada, posee modales cautivadores.
Nada malo puede decirse de mi padre, quien, a pesar de sus rarezas, posee aptitudes que no desdeñaría el propio Darcy y una respetabilidad que éste acaso nunca alcance. Cuando pensó en su madre, su confianza vaciló un poco, pero no pudo conceder que ninguna objeción pudiera ser de peso para Darcy, cuyo orgullo -de ello estaba segura- se vería más profundamente herido, por la falta de categoría de los parientes de su amigo que por su carencia de sentido común, y quedó al din convencida de que había sido guiado en parte por la peor clase de orgullo y en parte, también, por su deseo de reservar a Bingley para su hermana.
La agitación y las lágrimas que tales reflexiones causaron en ella, le produjeron jaqueca, y aumentó tanto ésta por la tarde que, sumada a su resolución de no ver a Darcy, la indujo a no acompañar a sus primos a Rosings, donde estaban invitados a tomar el té. Mrs. Collins, al advertir que se encontraba verdaderamente indispuesta, no la instó a que fuera, e impidió que su marido lo hiciese ; pero Collins no pudo ocultar su temor de que Lady Catherine le disgustara el que se quedase en casa.
Desenlace
Lady Catherine se indignó mucho con el casamiento de su sobrino; y como abrió la puerta a su genuina franqueza al contestar la carta en que él le comunicaba su compromiso, usó un lenguaje tan extremado, en especial al referirse a Lizzy, que por un tiempo cesó toda relación. Pero al final, por influencia de Lizzy, se dejó persuadir de perdonar la ofensa y buscó una reconciliación; y tras algo más de resistencia por parte de su tía, el resentimiento de ésta cedió ya por afecto hacia él, ya por curiosidad de ver cómo se conducía su esposa, y así se dignó visitarlos en Pemberley, a despecho de la contaminación que sus bosques habían sufrido no solo con la presencia de semejante dueña, sino por la visita de sus tíos desde la capital.
Con los Gardiner siempre estuvieron unidos por lazos de íntima amistad. Tanto Darcy como Lizzy les profesaban cariño sincero. Ambos les estaban muy agradecidos, pues no olvidaban que habían sido quienes, al llevar a Lizzy al condado de Derby, habían facilitado su anhelado matrimonio.
(Random House Mondadori S.A., 1997)