martes, 3 de septiembre de 2013

Ensayo sobre la ceguera

"Ensayo sobre la ceguera"

José Saramago

Inicio

Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra del asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con el pie en el pedal del embrague, mantenían los coches en tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos que vieran la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso libre a los automóviles tardó aún unos segundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza, aparentemente insignificante, multiplicada por los miles de semáforos existentes en la ciudad y por los cabos sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las causas de los atascos en la circulación, o embotellamientos, si queremos utilizar la expresión común.

Nudo

Al cuarto día los malvados volvieron a aparecer. Venían a exigir el tributo de las mujeres de la segunda sala, pero se detuvieron un momento en la puerta de la primera para preguntar si estas mujeres estaban ya restablecidas de los asaltos eróticos de la otra noche, Una buena noche, sí señor, exclamó uno, relamiéndose, y el otro confirmó, Estas siete valían por catorce, claro que una no era gran cosa, pero en aquel follón ni se notaba, tienen suerte éstos, si son lo bastante hombres para ellas, Mejor que no lo sean, así llegan con más ganas. Desde el fondo de la sala, la mujer del médico dijo, Ya no somos siete, Ha escapado alguna, preguntó riéndose uno de los del grupo, No ha escapado, ha muerto, Diablo, entonces vais a tener que trabajar más la próxima vez, No se ha perdido mucho, no era gran cosa, dijo la mujer del médico. Desconcertados, los mensajeros no acertaron a responder, les parecía indecente lo que acababan de oír, alguno incluso llegó a pensar que al fin y al cabo las mujeres son todas unas cabras, qué falta de respeto, hablar de una tía en esos términos, sólo porque no tenía las tetas en su sitio y era escurrida de nalgas. La mujer del médico los miraba, parados en la entrada de la sala, indecisos, moviéndose como muñecos mecánicos. Los reconocía, había sido violada por los tres. Al fin, uno de ellos golpeó con el palo en el suelo, Venga, vámonos, dijo. Los golpes y las advertencias, Fuera, apartaos, fuera, somos nosotros, fueron alejándose a lo largo del corredor, luego hubo un silencio, después, rumores confusos, las mujeres de la sala segunda estaban recibiendo la orden de presentarse acabada la cena. Sonaron de nuevo los golpes de los garrotes en el suelo, Fuera, fuera, apartaos, los bultos de los tres ciegos pasaron el umbral de la puerta, desaparecieron.

Desenlace

El niño estrábico murmuraba, debía de estar soñando, tal vez estuviera viendo a su madre, preguntándole, Me ves, ya me ves. La mujer del médico preguntó, Y ellos, y el médico dijo, Éste probablemente estará curado cuando despierte, con los otros no será diferente, lo más seguro es que estén ahora recuperando la vista, el que va a llevarse un susto, pobrecillo, es el amigo de la venda negra, Por qué, Por la catarata, después del tiempo pasado desde que lo examiné, debe de estar como una nube opaca, Va a quedarse ciego, No, en cuanto la vida esté normalizada, cuando todo empiece a funcionar, lo opero, será cuestión de semanas, Por qué nos hemos quedado ciegos, No lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón, Quieres que te diga que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ve, Ciegos que, viendo, no ven. La mujer del médico se levantó, se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, a la calle cubierta de basura, a las personas que gritaban y cantaban. Luego alzó la cabeza al cielo y vio todo blanco, Ahora me toca a mí, pensó. El miedo súbito le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba allí.

(2006, Punto de Lectura, S.L.)

martes, 20 de noviembre de 2012

La noche del oráculo

"La noche del oráculo"

Paul Auster

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Había estado mucho tiempo enfermo. Cuando llegó el día de salir del hospital, apenas sabía andar, casi no recordaba quién era. Haga un esfuerzo, me dijo el médico, y en tres o cuatro meses volverá a habituarse a las cosas. No le creí, pero de todos modos seguí su consejo. Me habían desahuciado, y ahora que había desbaratado sus predicciones y seguía misteriosamente con vida, ¿qué otra cosa podía hacer sino vivir como si tuviera un futuro por delante?

Nudo

Cuando acabé de leer ese artículo por primera vez, dije para mis adentros: Ésta es la historia más horrible que he leído en mi vida. Si ya era bastante difícil asimilar la información sobre el niño, cuando llegué al episodio del apuñalamiento en el cuarto párrafo, comprendí que estaba leyendo una historia sobre el fin de la humanidad, que aquella habitación del Bronx era el sitio exacto sobre la tierra donde la vida humana había perdido su significación. Me detuve unos momentos, intentando recobrar el aliento, tratando de dejar de temblar, y luego leí el artículo de nuevo. Esta vez los ojos se me llenaron de lágrimas. Fue algo tan súbito, tan inesperado, que inmediatamente me tapé la cara con las manos para que no me vieran llorar. Si la cafetería no hubiera estado llena de clientes, probablemente me habría derrumbado en un verdadero acceso de llanto. No llegué a ese extremo, pero tuve que emplear todas mis fuerzas para contenerme.

Desenlace

No sé cuanto tiempo pasé así, pero mientras las lágrimas manaban de mis ojos, me sentía feliz, más feliz por estar vivo de lo que me había sentido jamás. Era una felicidad que estaba más allá del consuelo, más allá del dolor, más allá de toda la fealdad y la belleza del mundo. Finalmente, el llanto cedió y me dirigí a la habitación a cambiarme de ropa. Diez minutos después, estaba otra vez en la calle, camino del hospital para ver a Grace.

(Editorial Seix Barral, S.A., 2012)

viernes, 24 de agosto de 2012

Demian

"Demian"

Hermann Hesse

Inicio

Mi historia comienza con una situación muy peculiar de cuando tenía diez años y estudiaba en el colegio de mi ciudad natal.

Cosas como los oscuros callejones, las limpias y claras calles, casas y torres, el sonido de las campanas de los relojes, diversas caras, cuartos llenos de comodidad y bienestar, cuartos misteriosos y fantasmales, aromas como el de la cálida intimidad, la servidumbre, los animales, la fruta seca y los remedios caseros siguen provocándome nostalgia y melancolía. En tollo ello se mezclaban dos mundos tan contrarios como el día y la noche.

Nudo

Me sería imposible resumir en esta parte todo lo que mi amigo músico me enseñó acerca de Abraxas. Además, lo más importante, que le aprendí a Pistorius, fue el dar un paso hacia delante en el camino hacia mí mismo. Por esos años tenía yo dieciocho años y era un joven un tanto vulgar, maduro en ciertas cuestiones y retraído en otras tantas. Cuando veía a otros muchachos de mi edad y me comparaba con ellos, muchas veces me sentía derrotado frente a ellos. No obstante, también en ocasiones salía airoso de la comparación. Jamás llegué a entender, o siquiera a compartir las alegrías y la vida de mis compañeros en el colegio, reprochándome el hecho. Sentía como si yo estuviera muy lejos de ellos y la vida misma me cerrara las puertas.

Desenlace

A la mañana siguiente me despertó una enfermera que iba a curar mis heridas. Al voltear a ver a mi amigo, sólo vi a un hombre extraño y muy mal herido a mi lado. Jamás lo había visto antes.

El tratamiento de la enfermera me dañó mucho. A partir de ese momento, todo lo que ha pasado en mi vida me ha dañado. Pero cuando logro encontrar la llave, bajo hacia mi interior y me encuentro con el oscuro espejo donde descansan las imágenes del destino; llegó allí, me inclino sobre la negra superficie del espejo y veo mi propia imagen, esa imagen que se refleja es muy parecida a él, a mi amigo, a mi guía.

(2003, Grupo Editorial Tomo, S.A. de C.V.)

lunes, 20 de agosto de 2012

Bola de Sebo

"Bola de Sebo"

Guy de Maupassant

Inicio


Durante días y días los jirones del ejército en fuga habían pasado por la ciudad. No eran soldados, sino hordas en desbandada. Los hombres, con la barba larga y sucia, los uniformes hechos pedazos, avanzaban con paso cansino, sin bandera, sin mando. Todos parecían abrumados, derrengados, incapaces de pensar o de decidir nada, siguiendo adelante sólo por inercia, y apenas se detenían se caían del cansancio. Se veían sobre todo soldados movilizados, gente pacífica, rentistas tranquilos., inclinados bajo el peso del fusil; jóvenes marmitones de la Guardia Nacional, asustados, proclives a asustarse y a entusiasmarse, prestos tanto para el ataque como para la fuga; en medio de ellos algunos pantalones rojos, restos de una división destrozada en una gran batalla; sombríos artilleros en fila con soldados de infantería heterogéneos; y, de vez en cuando, el casco reluciente de un dragón de paso pesado que seguía no sin esfuerzo la marcha más ligera de los soldados de infantería.

Nudo

Los tres hombres subieron y se les hizo entrar en la más bonita habitación del hotel, donde el oficial los recibió arrellanado en un sillón, con los pies sobre el bordillo de la chimenea, fumando una larga pipa de porcelana y envuelto en un florido batín, sustraído sin duda en la casa abandonada de algún burgués de mal gusto. No se levantó, ni les saludó ni miró. Era un magnífico exponente de la grosería propia del militar victorioso.

Finalmente, al cabo de unos instantes, dijo:

-¿Qué quieguen ustedes?

El conde tomó la palabra:

-Deseamos partir, señor.
-No.
-¿Podría saber la causa de esta negativa?
-Pogque no quiego.
-Quisiera hacerle observar, con todos mis respetos, señor, que su general en jefe nos proporcionó una autorización de salida para llegar a Dieppe; y no creo que hayamos hecho nada para hacernos merecedores de su rigor.
-No quiego..., eso es todo... Fueden igse.

Los tres hicieron una reverencia y se retiraron.

Desenlace

El coche iba más deprisa al estar la nieve más dura; y hasta Dieppe, durante las largas horas mortecinas del viaje, en medio del traqueteo del camino, en el crepúsculo y luego en la profunda oscuridad del coche, continuó, con feroz obstinación, su silbido vengativo y monótono, obligando a los ánimos cansados y exasperados a seguir el canto de principio a fin, a recordar cada palabra aplicándola al compás.

Bola de Sebo seguía llorando; y a veces un sollozo que no había logrado contener se perdía, entre una estrofa y la otra, en las tinieblas.

(Random House Mondadori, S.A.)

sábado, 18 de agosto de 2012

El Palacio de la Luna

"El Palacio de la Luna"

Paul Auster

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Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas, casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo  de la silla de ruedas. Descubrí quién era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de mi vida.

Nudo

Ese día no pasamos de ahí. No bien pronunció la última frase Effing se detuvo para tomar aliento, y antes de que pudiera continuar con la historia, entró la señora Hume y anunció que era la hora del almuerzo. Después de las cosas tan terribles que me había contado, pensé que le sería difícil recobrar la serenidad, pero la interrupción no pareció afectarle mucho.

-Estupendo -dijo, dando una palmada-. Hora de comer. Estoy hambriento.

Desenlace

Me quedé en la playa largo rato, esperando a que se desvanecieran los últimos rayos del sol. Detrás de mí, el pueblo se dedicaba a sus actividades, haciendo los acostumbrados ruidos de la Norteamérica de fines de siglo. Mirando a lo largo de la curva de la costa, vi cómo se escondían las luces de las casas, una por una. Luego salió la luna por detrás de las colinas. Era un aluna llena, tan redonda y amarilla como una piedra incandescente. No aparté mis ojos de ella mientras iba ascendiendo por el cielo nocturno y sólo me marché cuando encontró su sitio en la oscuridad.

(Editorial Anagrama, S.A, 1996)

miércoles, 8 de agosto de 2012

Cien años de soledad


"Cien años de soledad"

Gabriel García Márquez

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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Promero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo un truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, u las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades.

Nudo

Las últimas vacaciones de Meme coincidieron con el luto por la muerte del coronel Aureliano Buendía. En la casa cerrada no había lugar para fiestas. Se hablaba en susurros, se comía en silencio, se rezaba el rosario tres veces al día, y hasta los ejercicios de clavicordio en el calor de la siesta tenían una resonancia fúnebre. A pesar de su secreta hostilidad contra el coronel, fue Fernanda quien impuso el rigor de aquel duelo, impresionada por la solemnidad con que el gobierno exaltó la memoria del enemigo muerto. Aureliano Segundo volvió como de costumbre a dormir en la casa mientras pasaban las vacaciones de su hija, y algo debió hacer Fernanda para recuperar sus privilegios de esposa legítima, porque el año siguiente encontró Meme una hermanita recién nacida, a quien bautizaron contra la voluntad de la madre con el nombre de Amaranta Úrsula.

Desenlace

Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre, porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.

(Grupo Editorial Norma, S.A.)

domingo, 5 de agosto de 2012

La pata de mono

"La pata de mono"

W.W. Jacobs

Inicio


Mientras afuera la noche era fría y húmeda, en el interior de la pequeña sala de estar de Laburnam Villa las ventanas se hallaban bien cerradas, las persianas echadas, y el fuego resplandecía vivamente en la chimenea. Sentados a una mesa, el dueño de la casa y su hijo disputaban con aire solemne una partida de ajedrez. De los dos, el primero, convencido de que la clave de aquel juego consistía en cambiar continuamente de estrategia para desconcertar al rival, llevaba ya rato poniendo a su rey en una serie de situaciones tan comprometidas e innecesarias que en más de una ocasión había provocado algún que otro comentario en la anciana de cabellos blancos que, cómodamente instalada junto al fuego, fingía estar enfrascada en su labor de punto.

Nudo


Cuando por fin llegó a su habitación, incluso el rostro de su esposa le pareció diferente. No sólo se hallaba mortalmente pálido debido a la excitación y el insomnio, sino que además parecía dominado por una extraña y enigmática expresión. Con un repentino e inmenso dolor, el anciano se dio cuenta de que tenía miedo de su mujer.

-Muy bien. ¡Ahora pide el deseo! -le espetó la anciana en voz alta.

Desenlace


Una fría ráfaga de viento atravesó el umbral y se deslizó velozmente escaleras arriba. A continuación, un largo y desesperado lamento de la anciana recorrió la casa de un extremo a otro. Nada más oírlo, su esposo, haciendo acopio de valor, bajó corriendo las escaleras, pasó junto a ella y salió al exterior. Allí, a la frágil luz de una farola situada al otro lado de la calle, el camino se hallaba desierto y tranquilo.

(Valdemar [Enokia S.L.])